
¿Te extinguirías con elegancia o pensarías en crear una nueva sociedad?
Pensando un poco en lo hablamos el otro día respecto a refugiarse en una solitaria isla recordé algo que siempre había comentado yo a ese respecto y que, por olvido, omití en la entrada. Se trata de un dato muy importante al respecto: un altísimo porcentaje de los seres vivos que se han extinguido habitaban en islas.
El problema de estar en una isla es que ese aislamiento puede provocar un inmovilismo que te lleve a ser un gigante con pies de barro; esto es, que estés divinamente en tu isla mientras las cosas no cambien ni un ápice, porque en cuanto se trastoquen lo más mínimo se descubrirá que no estás preparado, que tu adaptación al medio era algo muy casual. Y a ver, no me entendáis mal, todas las adaptaciones son casuales, pero hay algunas mucho más estables que otras. Quedarse aislado de pura chiripa en una isla llena de comida y sin predadores naturales es algo que ha hecho proliferar a algunos seres, para luego condenarlos a la extinción de un plumazo en cuanto se alteran las condiciones.
La cuestión es la siguiente: si nos encerramos en una isla, puede que estemos sentenciando a la raza humana. ¿Qué haremos allí desde ese instante hasta el de nuestra inevitable muerte? ¿Pensaremos en el mañana o bien nos centraremos en la siguiente comida y en nuestra seguridad? Quizá lo más sensato, al principio, sea decantarse por la inmediatez de las necesidades básicas, pero tarde o temprano deberemos volver a plantearnos este dilema.
Evidentemente, puede que la respuesta caiga por su propio peso caso de estar solos en una isla. No te quedará otra que apañártelas como puedas y extinguirte con dignidad. Pero si cabe la posibilidad de la procreación, aunque solo sea de una pareja, estamos ante el dilema antes mostrado. ¿Pensaremos en el futuro de la raza humana? ¿Nos quedaremos en la isla? ¿Lo harán así tus descendientes, se plantearán siquiera esa pregunta? Es probable que si la isla está demasiado alejada de tierra firme las posibilidades que tenemos nosotros de volver a crear una sociedad humana algún día se vean totalmente cercenadas de cuajo. Dentro de esa isla, o hay suficiente variedad genética o, francamente, acabaremos todos como los Austrias y los Borbones: endogámicos perdidos y con el pene en forma de huso.
Este tema se ha desarrollado en multitud de ocasiones, quizá no tantas, en las películas de ciencia ficción apocalípticas o de zombis que tanto nos gustan. Uno de los mejores ejemplos lo encontramos en The Day of the Triffids, magnífico libro de Windham que es llevado a la pequeña pantalla con la mítica serie homónima de los años setenta de la BBC que recomiendo siempre y encarecidamente. Allí se plantean lo siguiente entre cierto grupo numeroso de supervivientes: LA POLIGAMIA. Casi todos son ciegos, una afección per accidens, no per se, de manera que su ceguera no se transmitirá a sus descendientes, por lo que se establecen unas medidas con el fin de estimular la repoblación del planeta que son, no os lo voy a negar, sumamente interesantes. Los hombres ciegos tienen muy poco valor, no así las mujeres ciegas (sobre todo un grupo muy numeroso de un colegio cercano, pues ya eran ciegas antes de la lluvia de estrellas que provocó la ceguera generalizada) porque ellas deben dar a luz.
Un hombre ciego es una carga más que otra cosa, aunque es necesario para la procreación. En cambio, una mujer ciega simboliza la esperanza. Así que todo hombre ha de tener un mínimo de tres esposas y hale, a practicar sexo sin medidas anticonceptivas como si no hubiera mañana. ¡Alegría! Ya no recuerdo bien si las tres esposas eran para todos los hombres o solo para los que podían ver, me imagino que no, el caso es lo mismo. Lo importante es que, amigas y amigos de zombiblogia, me gustaría que meditaseis al respecto y comentarais en qué lado del dilema os quedáis: ¿me muero sin más después de pasar un buen rato o trato de reproducirme con el objetivo de que el día de mañana la mitad de los seres humanos del planeta tengan mi nariz?
También estoy pensando en que, desde el momento en que te reproduces, aumentan las posibilidades de que la raza humana tenga ocasión de volver a destruir el planeta en el futuro. Básicamente, nunca se sabe lo que puede provocar en el devenir de la humanidad el acto aparentemente más sencillo o banal. Quizá aquellos que se establezcan en gran número en un continente o península acaben pereciendo de alguna terrible gripe contagiosa o acaben colgados por los tendones de los talones, y los que se refugiaron en aquel grupo de islitas de allí sean el nuevo «hombre de orce» del futuro.
Y no me dejo en el tintero el asunto de la homosexualidad. Soy heterosexual, por mucho que digan lo contrario los tests del facebook, pero amigos míos no, y me acabo de dar cuenta de que esta pregunta no se la he planteado nunca: ¿te negarías a reproducirte? Que me parece muy bien, desde luego, negarse a reproducirse. Yo tampoco querría hacerlo si entretanto he de rellenar un archivo de excell con las fechas y que me lo supervisen los 24 miembros del Congreso de Programación Familiar de la Nueva Era. Los tipos esos de The Day of the Triffids no hubieran puesto muy buena cara, claro, pero no soy ninguno de ellos. Afortunadamente...
En fin, reflexiones apocalíptico-intempestivas. Ahí quedan.