
La semana pasada, o la anterior, pude ver
Pontypool en compañía de mi querido
Blogger in the Shadow, maravillosa película de zombis canadiense de la que ya hemos hablado por aquí con anterioridad y que acudirá a
Sitges, para lo que queda muy poquito tiempo.
Como ya sabíamos, se trata de una
apuesta arriesgada la que realizan en esta película, dado que
el vector de contagio del virus zombi no es otro que
la palabra. Lo increíble es que no es tanto la palabra,
como algunas de las palabras de un idioma concreto. Este factor
despierta suspicacias en cierto porcentaje de la comunidad de fans del género apocalíptico.
No os dejéis llevar por esa sensación. Os garantizo que con Pontypool
os sentiréis como el excelentísimo
José Luis López Vázquez en La cabina, aunque con zombis del otro lado del cristal.
La acción transcurre casi desde el inicio de la película en el interior de la oficina de radio de ese pueblecito canadiense donde ha ido a parar nuestro protagonista, un famoso y beligerante locutor de radio que se ve reducido a dar noticias sobre el tiempo y el tráfico de las inmediaciones, y que desconoce por completo que acabará hablando en directo para la BBC de una catástrofe de dimensiones desconocidas.
El contacto con el exterior se establecerá en base a las llamadas que reciben de los oyentes del lugar y, sobre todo, por un reportero que se encuentra junto a la clínica del doctor Méndez, donde se ha agolpado una muchedumbre en lo que parece una reivindicación de algún tipo. ¿Y qué es lo que pide el gentío? Matar, morder, aplastar y que le maten. Así de sencillo.
Los
primeros síntomas son
balbuceos incoherentes (algo así como la palialia o el
síndrome de Tourette) seguidos de una
leve pérdida de la consciencia. Lo siguiente que buscará un infectado es matar y, si no lo consigue, matarse de la manera más horrible. Por ejemplo, a cabezazos contra el cristal del puesto de locutor hasta fabricarse una sonrisa de oreja a oreja que para sí la quisiera el Jocker.
Los zombis de Pontypool no están muertos, son seres humanos infectados de una suerte de rabia homicida tremendamente temeraria. Y desde luego que de los lentos no son. Dada la extraña naturaleza del contagio, yo diría que se trata de uno de los apocalipsis más peligrosos que se han llevado a la pantalla, de los más difíciles de salir con buen pie. El lado bueno es que al no estar muertos podrías matarlos de un disparo en el estómago, pero... ¿y si pudieran ser curados? No digo más...
Estamos ante una película de horror, claustrofóbica, opresiva a más no poder, donde parece que no hay salida y donde hay que estar muy callado o ser francoparlante y muy afortunado para poder sobrevivir y no caer entre las manos agarrotadas de los infectados. El guión es inteligentísimo y la idea del poder que reside en las palabras, esos arbitrarios sonidos, es hermosa...

Lo primero que pensé cuando acabó la película es que todo
bien podría tratarse del cursillo más intensivo de francés que uno pueda imaginarse. ¿Quieres aprender francés? Pues ponte a hablarlo ya, amigo mío, u olvídate de salir con vida de ésta. De hecho llegué a imaginarme a una
versión gabacha y macabra de Richard Vaughan detrás de la liberación de semejante virus. Lo que me recuerda que el bueno de
Richard sería un interesantísimo y desternillante
personaje en una peli de zombis. Siempre me lo imagino tan tranquilo en la casa de
La noche romeriana, con su taza en la mano y diciendo: «Barbara, please ask Ben where are the nails and the hammer».
Así que ya sabéis, amigos milenaristas: no solo hay que aprender técnicas de supervivencia, electrónica, defensa personal, disparar con armas de fuego, ser un atleta, cerrajería, etc., sino que ahora también hay que saber idiomas... ¡Qué duro es esto de sobrevivir, camaradas de búnker!